Por mientras me pongo las pilas pa escribir otro posteo, los dejo con este texto de mi autoría.
Y que la fuerza los acompañe.
martes 30 de septiembre de 2008
jueves 7 de agosto de 2008
El auto fantástico

El auto estaba con muletas.
Lo sé.
La cosa es que le tengo fe al weón, y decidí -carepalo- partir a Santiago en tocomocho (auto, pa los que no cachan).
Lento así, pero los weones son pesaos.
Un loco se me pegó como lapa por atrás (¡epa!, por atrás del auto, digo) con la intención de presionarme pa que yo me cambiara de pista, pero en el suelo había una señal que me decía “oye, un poquito más allá sí que te puedes cambiar de pista”.
¡Lee las señales en el suelo poh weón oh!.
Ya. Tranquilo papá y clap-clap pa hacer el sonido de las palmas.
Yapo, iba manejando todo feliz por la carretera cuándo de repente aparece al lado del camino (onda Fito Páez) una señora haciendo deo. De lejos parecía una letra T, pero infladita.
Me dio pena ver a la señora “T” weando en la carretera sola, así que decidí llevarla (ojo, dentro de mis leyes juansotistas está: “no llevar hombres que hagan deo, sólo mujeres”. He dicho).
Bueno, la señora “T “era una señora-señora, pero “alolada” así. Su buen teñido de pelo, su pintá de labios y sus aritos coquetones.
No era de campo la señora, a eso me refiero. Tampoco era la vejez misma hecha persona, pero yo caxo que -fácil- debe haber tenido unas 50 pepas y yo estuve a un pelito así de tutearla, pero después pensé, naaaa… mejor le digo “usted”.
La cosa es que empezamos a charlar, y como yo soy malito pa batir la lengua…¡nos pusimos a conversar mierda!.
Ella me explicó que venía de la ciudad equis a comprar una weás que le servían pa su pega, y me dio todos los detalles posibles de su trabajo, pero no hay pa qué dar tanta info.
La señora “T” me contaba de su pega mientras yo manejaba relajao. Me decía que hacía esto, esto otro y blá.
¿Y yo?: relajao manejando.
El día taba re lindo afuera.
La verdad es que a ratos no le entendía ni coco lo que me decía la viejuja porque parece que tenía la lengua chueca. Por ejemplo, pa decir la palabra “mucho” la señora “T” decía algo así como “miuuushio”.
Tonces, costaba entenderle, pero yo me hacía el weón de lo lindo porque es re penca estar hablando todo el rato con el famoso "¿ah?” (¿Se han fijao cuando uno escucha hablar a alguien y son puros ¿ah-ah-ah-ah-ah??. Mal poh)
Y la viejuja me hablaba weás con la lengua chueca, y yo: manejando.
En un rato de la conversa me dijo algo así como “…y tú, que te ves tan caballero y tan educado, ¿eres reservado con lo que te cuentan tus amigos?”.
Ohhh, se las da de entrevistadora esta vieja más encima, pensé, y me puse a hablar de “feizbuc” (weón pegao) porque si se trata de encontrar personas NO-reservadas, feizbuc lleva la delantera.
La wá es que después de mi tesis ”feizbuc y la imprudencia de los usuarios” la señora me dijo algo así como “…es que lo que pasa …es que yo msmsmsmmsmsms y entonces aplusebú wechunéi y wá, y tengo un hijo de 16 años ewachuwí acusaku y HAY QUE HABLAR LAS COSAS CLARAMENTE”
Yo quedé pa entro con el texto. Primero, porque sólo entendí la mitad, y segundo... ¿qué xuxa me quiso decir?
Ah, y tercero: como nombró a su hijo de 16 años con eso de “hablar claro”, y antes me había dicho que yo tenía cara de estudiante (já, gracias), pensé: ¿me estará pidiendo consejos pa su hijo?. Bueno, yo me puse a decirle que por supuesto que HABÍA que hablar claro todo el rato poh.
Obvio.
Y ella me dice “Si poh (subiendo la voz, porque el motor del auto estaba sonando fuertón) hay que HABLAR CLARO”.
Yo taba pensando ¿qué mierda me quiere decir esta señora?, cuando de repente me empieza a contar una historia má enredá que yo mismo.
“Mira –me dijo- me da harta vergüenza decir esto porque yo trabajo en tal lugar y resulta que la pega está difícil, que la cosa es que hoy me iban a pasar una plata y que no me pasaron ná, y yo ando con unas cosas que las tengo que recuperar ahora en la tarde y si tu quieres verlas, para que no creas que te estoy mintiendo, yo ando con unas botas y un bolso y resulta que podríamos desviarnos para otro lado y yo necesito ocho mil trescientos pesos, y eso sería”
¿AH?.
Esa fue mi respuesta.
La weá enredá.
Me quedé más colgao que la cresta con el concepto de la vieja. De verdad no entendí ni jota.
Y lo único que atiné a pensar fue “conchetumadre, esta vieja culiá me quiere asaltar con el viejo truco de vámono pallá, y pláf”.
Lo primero que atiné fue a mirarle las manos (otra ley: cuando estés con alguien y tengas temor de que te haga algo…mírale las manos!!. Con las manos te pueden golpear, acuchillar, disparar, etc).
Le miré las manos a la viejuja cuática y las tenía encima de su cartera. Eran unas manos morenas que no calzaban nada con su pelo rucio. Una de las dos cosas no correspondía, o su pelo rucio o sus manos morenas.
La cosa es que verifiqué que mi bolsito y mi chaqueta estuvieran fuera del alcance de ella porque si no ahí dejo la mansaca adentro del auto, pero yo ponía cara de “pucha que soy tranquilo yo, weón oh”.
Y manejando.
Así que me puse a mirar la carretera con el ojo izquierdo y al ojo derecho lo mandé a revisar el sector desde arriba. Manso operativo que llevaba con los ojos cuando en eso la vieja me mira y me dice “ya poh, ¿qué opinai?”. Y yo lo único que atiné a decir fue “¿QUÉ?”, y la vieja va y me dice “Eso poh, QUE NOS DESVIÉMOS DEL CAMINO Y NOS VAYAMOS PA OTRO LAO”.
¿Aló?.
¿Jiuston?, tenemos problemas.
Mi cabeza todavía estaba procesando el “vámonos-pa-otro-lao” cuando la señora se larga a decir que todo esto le daba mucha vergüenza, pero que necesitaba la plata y que nos fuéramos a otra parte para tener algo íntimo privado así y listo.
Triple Ah, y doble vuelta de carnero me mandé en ese mismo momento (solté el volante y pláf, me mandé el medio flip-flap con retorno al instante).
La pobre señora, que yo vi solita en la carretera, me estaba ofreciendo algo “íntimo” en un “desvío” ¿del camino?.
Yaaaaa.
Obviamente le dije “no gracias” de todas las formas posibles pa que la vieja entendiera, porque si le costaba tanto explicar una weá simple, me imagino que también le faltaban tablitas pal puente pa entender algo normal.
Y bueno, después empezó a decirme que estaba avergonzada y me preguntó ¿encuentras que soy muy grosera por lo que te dije?.
Ohhh, la volaíta.
Yo le expliqué que me daba lo mismo lo que hiciera el resto de la gente (es verdad en todo caso) y que se relajara con el cuento.
Ya estaba chato, y la vieja insistía con weás como “uyyy, es que me da tanta vergüenza lo que te dije, qué grosera que soy yo" hasta que me pidió, carepalomente, que le pasara plata pa poder volver.
Puta, y resulta que yo no le doy plata a nadie en la calle (ooootra ley, parezco sheriff) salvo que me apunten con una metralleta a los ojos o que me agarren entre ocho personas pa tirarme desde un edificio de 65 pisos.
Esta situación no era ninguna de las anteriores obviamente, pero se escapaba de todos mis libros y anotaciones mentales, así que –en un acto inédito- saqué mi fiel monedero y le di la cantidad de (redoble de tambores): ciento cincuenta pesos (una moneda de cien y cinco monedas de 10 pesos).
Así no má, y que se de con una piedra en el pecho la viejacu porque, si no me equivoco, es la segunda vez que doy plata en toda mi vida a alguien en la calle (carretera o calle, la misma weá).
La escena era mega patética cuando "justo" en ese momento aparece la plaza de peaje del Túnel Zapata, y la señora se bajó.
Y ojo, se fue en la mejor de las ondas. Cero atao con los $150.
Volví a verificar que mis cosas seguían adentro del auto, miré como la vieja se alejaba (adiós señora "T") y seguí mi camino con la cabeza puesta en esas monedas que había logrado sacarme hasta que en la comisaría de Curacaví -suavemente- me quedé en pana.
Cua-cua-cua-cuá.
Y el auto con muletas no anduvo más.
Con el vuelito que llevábamos nos fuimos derechiiiiito hacia el sector de pesaje de camiones que estaba más tranquilo que la xuxa, porque no había nadie.
Ni pacos, ni camiones: nadie.
Sólo había un burro amarrado a un árbol, pero lejos.
La weá parecía esas películas sobre la carretera, y yo estaba más relajao que antes. Me faltaba el puro mate y el poncho.
Cuento corto: hice cuatrocientas mil llamadas a amigos, grúas, datos de grúas, llamé a los locos de asistencia en carretera, mensajes de texto iban y venían, páf, toma!, para finalmente decidirme por la opción grúa-gratis hasta la estación de emergencia Túnel Zapata.
Todo eso por pagar un peaje y usar la carretera. Qué lindo, ¿no?.
Así me gusta Chile.
Bueno, me puse a esperar que llegaran a rescatarme con una paz increíblemente que ni yo mismo cachaba que tenía.
Estuve mirando el paisaje (montañas y autos) y al pobre burro.
Me senté en una roca grande, como del porte de una lavadora, cuando de repente ¡llegó la grúa!.
Encaramaron el auto arriba del camión salvador, y nos fuimos hacia la famosa estación de emergencia conversando con el chofer de la grúa sobre un choque que hubo a las cinco de la mañana entre un auto y un camión. El auto quedó como puré y el conductor murió camino al hospital.
También hablamos de los ciclistas que tienen que pasar por el túnel pero no pedaleando, sino que en una camioneta de la empresa de peajes, que también es gratis (la pasada, no la camioneta).
En la estación Zapata saqué fotos, miré el paisaje que esta vez estaba compuesto de montañas, autos y señales de tránsito (ceda el paso, discos pare, etc.), y encontré que la mezcla era una soberana mierda.
Además la estación de emergencia parecía una estación lunar fantasma porque no aparecía ningún ser humano.
Y cuando llegaba a aparecer alguien tenía puesto un traje amarillo fluorescente como de astronauta.
Así las cosas, me dediqué a dar vueltas por el sector y a sacar más fotos. En un momento me imaginé que las señales de tránsito y los postes eran personas mirando hacia las montañas, y después me imaginé que en 40 años más (cuando yo tuviera 120 años) todo iba a estar rodeado de edificios. Entonces me puse a mirar el entorno como pa pegarme la quebrá de que conocí el sector cuando no había ná.
Ná de casas, digo.
Después de estas tremendas reflexiones ecológicas se me cansó el mate y me puse a me dormir una siesta dentro del auto, hasta que llegó el mecánico.
Y fin de la historia: a las 18.00 hrs. ya estaba de vuelta en Valparaíso.
Se supone que cuando salí de Valpo (a eso de las 12.00 hrs.) yo iba con la firme convicción de ir a Santiago en auto, pero en realidad parece que salí a buscar algo entretenido pa reactivar este blog que está más solo que los postes de la carretera.
Por ahí, parece, va la mano.
miércoles 25 de julio de 2007
¿Tenemos la tecnología para reconstruirlo?

Esa frase era la del hombre nuclear. Papapapaiiiinnn, papapapapa paiiiiin.
El loco del Estiv Óstiv se mandaba una carrera en cámara lenta de las más bacanes. Además el weón rompía una pelota de tenis con la mano. Páf.
La hacía añicos.
Antes de eso el compadre se sacaba las rexuxa en avión y el locutor decía algo así como “Estiv Óstiv está pal loli, se sacó la mierda pero lo reconstruiremos…TENEMOS LA TECNOLOGÍA SUFICIENTE PARA HACERLO”.
Manso texto.
Era groso ese compadre (Estiv, no el locutor). Y má encima tenía una “salía e cancha” roja con 3 rayitas blancas a los costados (en Valparaíso, a los buzos les decimo salía e cancha. Carepalo).
Ayer vi un gato muerto y tenía los ojos como si fueran dos balas queriendo salir. El gato estaba más muerto que la chucha, pero hoy día pensé en que al hombre nuclear lo reconstruyeron con seis millones de dólares.
A un gato yo cacho que con un palo verde lo dejan con un traje especial para soportar balazos y choques de auto.
Una vez, cuando yo tenía 12 años, vi como atropellaban al “Trauser”, un perro amigo que siempre andaba weveando en la calle. Bueno, al Trauser, una camioneta, casi le voló la cabeza y el perro se dio como 3 vueltas de trompo antes de desplomarse.
Yo me puse a llorar ahí mismo porque el perrito estaba lleno de sangre, y como era un buen amigo-perro... me dio más pena aún. Mi vieja me había mandado a comprar pan y yo lloraba con la bolsa de género en la mano.
Después apareció un loco que parecía gringo del Discovery Channel y me preguntó si el perro era mío.
Pero no.
No era gringo, y tampoco era mío el perro.
Después huí. Me arranqué porque en ese tiempo yo creía que ver la muerte de un perro, y no ayudar a revivirlo, era pecado mortal.
Y cárcel.
Y entonces huí.
Pero el Trauser era de goma parece, porque a las dos semanas apareció caminando con muletas, y disfrazado de momia. Más cabezón que de costumbre, pero bien.
Y después recé.
Y al final compré un kilo de pan batío y lo metí adentro de la bolsa de género.
El gato que vi ayer, en cambio, no era de goma. Era de madera parece.
Y me tinca que lo atropelló una aplanadora porque estaba como planchado.
Eso lo vi camino al supermercado. Después, con un par de amig@s, terminamos tomando vino como si hoy se acabara el mundo.
Y según los mayas, hoy se acaba po.
A todo esto, ese día en la mañana, antes de salir a la pega, me di dos vueltas de trompo para que me vaya bien. También hice mi cama, porque así puedo hacer cualquier cosa en la vida.
Incluso volar.
Eso fue en la mañana, pero les decía que en la tarde me junté con dos amig@s.
Luego nos fumamos un cigarro chino y quedamos hablando en arameo. Nos pusimos unos trajes de astronautas y salimos a caminar por el espacio. Después yo hablé con otra amiga que es marciana porque habla con puros cuadraditos.
Fue el medio volón y terminamos riéndonos como si no nos hubiéramos reido nunca.
Nos reímos tanto tanto, pero tanto, que casi se me cayó el cerebro.
Nos sacamos los trajes de astronautas y después nos dimos unas vueltas por el suelo hasta llegar a un Gran Já. Eliminamos el Bú: lo dejamos muerto como el gato.
Toma maldito Bú le dijimos.
La amiga marciana no entendía ná de lo que yo le hablaba, y a pesar de que ella llamó, le tuve que cortar porque no me cabían las letras con tanta risa en la boca (aunque creo que la risa viene de otro lado que aún no descubro).
Luego de eso seguimos riéndonos como por 3 horas seguidas. Nos reímos tanto que después no queríamos decir nada.
Hoy día me acordaba de ayer. Del gato aplanado, de que el Trauser era re cabezón y del hombre nuclear.
Un día me voy a comprar una salía de cancha roja con 3 rayitas blancas al costado.
También pensé en que me tengo que cortar el pelo.
Quizás nunca podré romper una pelota de tenis con la mano.
Ah... y ayer fue el día que más me he reído, en toda mi vida.
jueves 21 de junio de 2007
¿Dónde está el piloto? 2: la venganza sangrienta
Tiene razón Balsero Cubano, en la esquina de arriba de este blog estaba empezando a aparecer un musgo microscópico. Pero le di un tapsin y chao. Puta que sirve tapsin pa todo.
Es el remedio de Chile. Yo lo amo.
Pa cualquier cosa aplicamo Tapsin y listo.
Bueno, a lo que vinimos.
Pongo voz de locutor de fútbol y les cuento: En el capítulo anterior habíamos quedado en que me quedé dormido cuando tenía que ir a buscar a mis viejos al aeropuerto. La culpa me convirtió en una pulga manejando un autito de juguete.
Y la historia había quedado cuando llamé a mi vieja.
-Aló mamá?…esteeeem…
- Hola hijo!!!
- Esteeeem, pucha vieja me quedé dormío…
- No importa hijo, si nos vinimos en bus sin ningún problema, lo único es que como no contestabas el celular estábamos preocupados de que te hubiera pasado algo…
Xuxa mi vieja, pensé.
Cero rencor, cero bronca. La cagó.
Después le pregunté si mi papá tenía ganas de estrangularme y me dijo “naaaa, si estamos re bien nosotros, véngase pa cá y almorzamos”.
Snif. Snif y muchos snif.
Mi mamá siempre ha sido así, una mina optimista a full, y que –casi- nunca la he visto enojada.
Y si se enoja, plúm, se le pasa al toque.
Mi viejo es al revés. Pero al revés al revés, porque cuando se enoja queda la mansaca y vuelan hasta las murallas de la casa. O volaban porque con la edad el loco está más calmao.
“Ya vieja, nos vemos entonces”. Tu-tu-tu-tu-tuuuuuuu.
Coloqué mi disco de carretera (que ya les dije una vez que se llama “carretera”), y rajé a Valpo.
Cantando todo el camino. Wow.
Iba más contento que la cresta. Chalalá, segundo túnel….chalalá, último peaje….Chururutchuchú Casablanca-Lo Vásquez y Turupturúp…llegué a mi Valparaíso querido.
Cerro Placeres y wá.
Y como le dijo la vaca al burro: “esto es oooootra cosa”. Y así es, Valparaíso es ooootra cosa.
Llegué a mi casa (la de mis papás que igual es mi casa y qué jué) y estaban mis viejos con una sonrisa del porte del avión. Nos abrazamos todos como los futbolistas cuando meten un gol, y nos pusimos a saltar y a bailar una ronda (es mentira, pero necesito darle más alegría a este momento).
Abrazos, regalos, etc. Abracé a mi vieja varias veces, porque quería verla, porque tenía la culpa metida en la cuchara, y porque tenía ganas de tenerla abrazada no má.
Carepalo.
Y pa celebrar los invité a comer paila marina a la marisquería “Los Porteños”.
Bueno, y de eso quería hablarles en este post. Quería hablarles del famoso restorán y marisquería Los Porteños (el medio cambio de tema).
Cachen este concepto: Pal 21 de mayo pasado fuimos a Valpo los siguientes artistas:“Malasjuntas”, “Yonoborro”, “Balsero Cubano” y este humilde servidor. Y claro, si uno va a Valpo y no almuerza onde Los Porteños (Valdivia 169, a un costado del mercado de plaza Echaurren), entonces nunca estuvo en Valpo.
Y allá fuimos.
Eivibari (todos juntos en inglish, ojo).
Bueno, y ese día que fui, a “Los Porteños”, con los chic@s del bló me quedé pegao en el loco que atendía: el mesero. Un weón entero amistoso.
Algunos clientes llegaban y lo saludaban de besos. Cáchate la propuesta!!, de besos. Otros locos, que ya se iban, esperaban que dejara de atender alguna mesa, y se pegaban el tremendo abrazo, con beso incluido por supuesto. También le pasaban a las guaguas pa que –obviamente- las besuqueara, y luego abrazaba a toda la familia.
Saludos pa todos lados, y yo nunca había visto a un mesero tan querido.
Parecía año nuevo.
Esas weá pasan sólo en Valparaíso pensé. Una ciudad que la hacemos todos los que vivimos ahí. Más que la arquitectura y eso que tanto le gusta al turista, Valpo la hacemos todos los humoristas que vivimos ahí adentro.
Y armé una teoría.
Cáchenla.
Una micro chiquita, del porte de una miga de pan, baja desde la punta de un cerro porteño. Cerro porteño del porte de un saco de harina ponte tú. Y la micro chiquita va agarrando a toda la gente mientras baja. Y chink-chink, cuando la micrito llega abajo (al plan de Valparaíso) pum!, se ha transformado en una muestra perfecta de todo el cerro. Como una pipeta de laboratorio que agarró de todo un poco.
Hasta que finalmente en la micro se encuentra un Valparaíso pequeñito pero muy representativo de nuestra ciudad: estudiantes, obreros, cuicos, flaites, señoras con guaguas, señoras sin guaguas, minas ricas y otras simpáticas, profesores, artistas, poetas, weones locos y weones más locos aún.
En fin, todos arriba de la micrito con cara de “y cuánto falta pa llegar, ah?”
Así es Valparaíso.
Donde uno vaya se encuentra con una mezcla perfecta -o casi perfecta- de todos los que participamos en el reality-shop.
Y claro, la marisquería “Los porteños” no es la excepción.
Adentro de ese local uno encuentra desde poetas hasta candidatos a concejal, pasando por reuniones de amigos, familiones, bienvenidas de empresas, y despedidas también.
Y lo mejor de todo es que uno encuentra unas hermosas y contundentes pailas marinas, que uds se caerían de poto al probar lo buenas que son.
Las pailas llegan hirviendo (onda lava de volcán en erupción) y con un tremendo huevo adentro. Los mariscos llegan enteritos así por ser.
Bacanes-pulentos.
Y acá quiero hacer una pausa. Onda pffiiik. Detenemos la cinta y sigo de ahí.
Cambio de día y de onda.
“K-ioia” es una amiga, una buena amiga que estudió conmigo en la Universidad, y en donde nos hicimos yuntas. No alcanzó a estar mucho tiempo en la U, pero seguimo la amistad hasta que se fue.
Hasta que se fue a España digo, porque tuvo que irse pallá con su hijita (la “pachanita” que ahora está re grandota).
Pero k-ioismo volvió hace poco de vacaciones y nos reencontramos.Y fue bacán.
Un día, por ejemplo, nos tomamos 3 botellas de vino en el Bar Don Rodrigo. Y puta que es rico tomarse unos buenos tintos con una amigaza.
Pulento encuentro.
Y otro día fuimos al Mercado Central de Santiago pa aplicar pailazo marino. No me pregunten cómo, pero entramos a “Donde Augusto” que tiene tomado el mercado (en vez de Mercado Central debería llamarse “El Mercado de Augusto y el resto”).
Augusto es terrible de acaparador.
Bueno, ahora quiero que echen a correr la cinta de lo que les estaba contando antes, pero sin sonido. Achiquen la imagen un poco y la colocan a un costado, plis. Onda computeichon y wá.
Corre video y sigo la cháchara.
Entramos al peo onde Augusto y probé una de las más asquerosas pailas marinas que he probado en mi vida. Una weá color rojo que parecía que le hubieran tirado un tarro de salsa de tomates encima. Los mariscos estaban picados como si fueran pedazos de manguera pa regar el pasto. Parecía una paila marina de caucho. Puaj.
Y lo peor de todo (viene algo peor, afírmense) fue que, por estar sentados en un lugar tan top, tan famoso que a cada rato sale en televisión….lo peor de todo, les decía, es que la weá de paila era CARÍSIMA por las rechucha!!!!.
Eso fue un asalto a mano armada, y sin piedad.
Repito, y confirmo: es la peor paila marina que he comido en mi vida.
Ahora agranden la pantallita de la historia que les estaba contando antes, y pónganle sonido, porque vuelvo a contarles.
Bueno, ese día (el día que fui con mis viejos a comer paila marina) seguí pendiente del mesero cariñoso. El loco tiraba la talla pa todas partes, hasta que llegó a la mesa de nosotros, y mi viejo le pidió una botella de vino blanco.
- Tengo puro Santa Carolina- dijo el mesero.
- ¿Y cuántas estrellas tiene? - preguntó mi padre.
- No sé, tendría que contárselas- respondió el loco, y nos cagamos de la risa todos.
Puta el weón chistoso, y agarró papa con nosotros porque cuando ya habíamos terminado de almorzar, se puso a chacharear a full con mis viejos, y conmigo por supuesto.
Mientras nos agarrábamos la wata de risa el compadre nos contó que él era un loco terrible de humilde. Tan humilde que en el colegio sus compañeros de curso poco menos que creían que él iba a terminar viviendo debajo de un puente.
Contó que un día se juntó con ellos, después de muchos años, y que casi no lo recocieron hasta que dijo que él era “El Carlos, ….el que vivía en la quebrá”. Y sus compañeros quedaron pa entro de verlo tan top, vestido como pa salir a bailar a cualquier salsoteca del mundo.
En ese estilo el compadre.
Bueno, Carlos también nos contó de un tratamiento dental que se estaba haciendo con un dentista que vive en el mismo edificio onde él vive. “Más que un dentista, es mi amigo”, dijo. Y siguió: “Yo lo weveo caleta porque me hace ir a la consulta y me saca la muela, me mete una muela provisoria, y después me saca la muela provisoria, y me la vuelve a poner, y ya me tiene loco el weón de tanto que me la mete y me la saca”.
“Déjame la weá puesta alguna vez po le dije en la consulta”, remató.
Wajajajaja, mis papás estaban cagaos de la risa con el mesero mientras el loco, pa contarnos cualquier cosa, nos agarraba de todos lados. A mi viejo, por ejemplo, le pegaba unos toques con el brazo, como aleteando mientras le hablaba a mi vieja.
Era pa cagarse de la risa.
A mi también me agarraba, de los hombros por ejemplo, y nos cagábamos de la risa. Con la boca abierta como si estuviéramos en la consulta del dentista amigo de él.
Así: WUAJAJAJAJAJAJAJAJ con todo el hocico abierto. Yo le veía las muelas por ejemplo, pero no recuerdo si tenía tapaduras.
El loco embaló tanto con el sistema, que se empezaron a ir todos los clientes del restorán y quedamos nosotros solos.
No sé cómo, ni por qué, pero después empezó a contarnos sobre los papás de él. Y nos dijo que cuando él era cabro chico, lo obligaban, todos los sábados en la mañana, a tomar clases de…baile!!.
Si, así tal cual: clases obligatorias de baile.
Los papás de este compadre lo obligaron a aprender a bailar tango, salsa, twist, cumbia, cueca, y lo que fuera. Generalmente los papás lo obligan a uno a tomar clases de matemáticas o de historia, pero ellos no. A Carlos, sus papás lo obligaron a bailar.
Y a pesar de que, al principio, ninguno de sus hermanos entendía ná, nos dijo que es el regalo más hermoso que sus padres le podían haber dejado, y que él, a fiesta que va, se pone a bailar como pirinola.
Y aquí el loco, que había estado meta tallas, hizo un cambio cinematográfico y nos contó que hace unos meses su madre había muerto en sus brazos. La señora estuvo re mal y “lo esperó” a que apareciera él pa morirse mientras él la sostenía.
Nos contó eso, y al compadre se le llenaron los ojos de lágrimas y, la verdad, es que a nosotros también.
Y ahí estábamos: casi llorando en una mesa del segundo piso de una marisquería famosa en Valparaíso. Mi vieja se emocionó caleta. Snif. Y eso que ella no tomó ná de vino.
Yo sí tomé, y estaba como cuando fui a ver La Vida es Bella: no quería llorar, pero casi.
Carlos tenía los ojos como de pescao. Grandes y brillosos.
Eso sería todo, pagamos la cuenta, y mientras bajaba la escalita el mesero me dijo “voh tení que llamarme cuando vengai a Valpo pa tomarnos un copete po”, y me anotó sus números de teléfono en un papel que todavía tengo guardado.
Fue cuático todo.
Un día de contrastes como dirían en la tele.
Pasé de la culpa a la alegría.
De la risa a la pena-casi-llanto.
Pasé de ser uno de los que miraban cómo el mesero se besuqueaba, y abrazaba, con los clientes, a ser “uno más” de ellos.
Y del día a la noche porque cuando salimos del restorán con mis papás ya estaba oscureciendo.
Es mi propio ying y yang, pero en chileno. Yo lo bauticé como “el bú y el já” o el Já y el bú”.
Como sea.
Ese día con mis viejos salimos del restorán cuando Valpo se estaba poniendo de color azul, felices de la vida, y yo pensando en que lo adoquines de la calle se ven bien a eso de las siete de la tarde porque les llega un brillo re groso. Parecen panes batidos, pensé. Y sobre ese concepto nos fuimos caminando con mis viejos: sobre una calle llena de panes batidos azules.
Si aparecen las letritas de fin de la peli me avisan.
Plink!
Es el remedio de Chile. Yo lo amo.
Pa cualquier cosa aplicamo Tapsin y listo.
Bueno, a lo que vinimos.
Pongo voz de locutor de fútbol y les cuento: En el capítulo anterior habíamos quedado en que me quedé dormido cuando tenía que ir a buscar a mis viejos al aeropuerto. La culpa me convirtió en una pulga manejando un autito de juguete.
Y la historia había quedado cuando llamé a mi vieja.
-Aló mamá?…esteeeem…
- Hola hijo!!!
- Esteeeem, pucha vieja me quedé dormío…
- No importa hijo, si nos vinimos en bus sin ningún problema, lo único es que como no contestabas el celular estábamos preocupados de que te hubiera pasado algo…
Xuxa mi vieja, pensé.
Cero rencor, cero bronca. La cagó.
Después le pregunté si mi papá tenía ganas de estrangularme y me dijo “naaaa, si estamos re bien nosotros, véngase pa cá y almorzamos”.
Snif. Snif y muchos snif.
Mi mamá siempre ha sido así, una mina optimista a full, y que –casi- nunca la he visto enojada.
Y si se enoja, plúm, se le pasa al toque.
Mi viejo es al revés. Pero al revés al revés, porque cuando se enoja queda la mansaca y vuelan hasta las murallas de la casa. O volaban porque con la edad el loco está más calmao.
“Ya vieja, nos vemos entonces”. Tu-tu-tu-tu-tuuuuuuu.
Coloqué mi disco de carretera (que ya les dije una vez que se llama “carretera”), y rajé a Valpo.
Cantando todo el camino. Wow.
Iba más contento que la cresta. Chalalá, segundo túnel….chalalá, último peaje….Chururutchuchú Casablanca-Lo Vásquez y Turupturúp…llegué a mi Valparaíso querido.
Cerro Placeres y wá.
Y como le dijo la vaca al burro: “esto es oooootra cosa”. Y así es, Valparaíso es ooootra cosa.
Llegué a mi casa (la de mis papás que igual es mi casa y qué jué) y estaban mis viejos con una sonrisa del porte del avión. Nos abrazamos todos como los futbolistas cuando meten un gol, y nos pusimos a saltar y a bailar una ronda (es mentira, pero necesito darle más alegría a este momento).
Abrazos, regalos, etc. Abracé a mi vieja varias veces, porque quería verla, porque tenía la culpa metida en la cuchara, y porque tenía ganas de tenerla abrazada no má.
Carepalo.
Y pa celebrar los invité a comer paila marina a la marisquería “Los Porteños”.
Bueno, y de eso quería hablarles en este post. Quería hablarles del famoso restorán y marisquería Los Porteños (el medio cambio de tema).
Cachen este concepto: Pal 21 de mayo pasado fuimos a Valpo los siguientes artistas:“Malasjuntas”, “Yonoborro”, “Balsero Cubano” y este humilde servidor. Y claro, si uno va a Valpo y no almuerza onde Los Porteños (Valdivia 169, a un costado del mercado de plaza Echaurren), entonces nunca estuvo en Valpo.
Y allá fuimos.
Eivibari (todos juntos en inglish, ojo).
Bueno, y ese día que fui, a “Los Porteños”, con los chic@s del bló me quedé pegao en el loco que atendía: el mesero. Un weón entero amistoso.
Algunos clientes llegaban y lo saludaban de besos. Cáchate la propuesta!!, de besos. Otros locos, que ya se iban, esperaban que dejara de atender alguna mesa, y se pegaban el tremendo abrazo, con beso incluido por supuesto. También le pasaban a las guaguas pa que –obviamente- las besuqueara, y luego abrazaba a toda la familia.
Saludos pa todos lados, y yo nunca había visto a un mesero tan querido.
Parecía año nuevo.
Esas weá pasan sólo en Valparaíso pensé. Una ciudad que la hacemos todos los que vivimos ahí. Más que la arquitectura y eso que tanto le gusta al turista, Valpo la hacemos todos los humoristas que vivimos ahí adentro.
Y armé una teoría.
Cáchenla.
Una micro chiquita, del porte de una miga de pan, baja desde la punta de un cerro porteño. Cerro porteño del porte de un saco de harina ponte tú. Y la micro chiquita va agarrando a toda la gente mientras baja. Y chink-chink, cuando la micrito llega abajo (al plan de Valparaíso) pum!, se ha transformado en una muestra perfecta de todo el cerro. Como una pipeta de laboratorio que agarró de todo un poco.
Hasta que finalmente en la micro se encuentra un Valparaíso pequeñito pero muy representativo de nuestra ciudad: estudiantes, obreros, cuicos, flaites, señoras con guaguas, señoras sin guaguas, minas ricas y otras simpáticas, profesores, artistas, poetas, weones locos y weones más locos aún.
En fin, todos arriba de la micrito con cara de “y cuánto falta pa llegar, ah?”
Así es Valparaíso.
Donde uno vaya se encuentra con una mezcla perfecta -o casi perfecta- de todos los que participamos en el reality-shop.
Y claro, la marisquería “Los porteños” no es la excepción.
Adentro de ese local uno encuentra desde poetas hasta candidatos a concejal, pasando por reuniones de amigos, familiones, bienvenidas de empresas, y despedidas también.
Y lo mejor de todo es que uno encuentra unas hermosas y contundentes pailas marinas, que uds se caerían de poto al probar lo buenas que son.
Las pailas llegan hirviendo (onda lava de volcán en erupción) y con un tremendo huevo adentro. Los mariscos llegan enteritos así por ser.
Bacanes-pulentos.
Y acá quiero hacer una pausa. Onda pffiiik. Detenemos la cinta y sigo de ahí.
Cambio de día y de onda.
“K-ioia” es una amiga, una buena amiga que estudió conmigo en la Universidad, y en donde nos hicimos yuntas. No alcanzó a estar mucho tiempo en la U, pero seguimo la amistad hasta que se fue.
Hasta que se fue a España digo, porque tuvo que irse pallá con su hijita (la “pachanita” que ahora está re grandota).
Pero k-ioismo volvió hace poco de vacaciones y nos reencontramos.Y fue bacán.
Un día, por ejemplo, nos tomamos 3 botellas de vino en el Bar Don Rodrigo. Y puta que es rico tomarse unos buenos tintos con una amigaza.
Pulento encuentro.
Y otro día fuimos al Mercado Central de Santiago pa aplicar pailazo marino. No me pregunten cómo, pero entramos a “Donde Augusto” que tiene tomado el mercado (en vez de Mercado Central debería llamarse “El Mercado de Augusto y el resto”).
Augusto es terrible de acaparador.
Bueno, ahora quiero que echen a correr la cinta de lo que les estaba contando antes, pero sin sonido. Achiquen la imagen un poco y la colocan a un costado, plis. Onda computeichon y wá.
Corre video y sigo la cháchara.
Entramos al peo onde Augusto y probé una de las más asquerosas pailas marinas que he probado en mi vida. Una weá color rojo que parecía que le hubieran tirado un tarro de salsa de tomates encima. Los mariscos estaban picados como si fueran pedazos de manguera pa regar el pasto. Parecía una paila marina de caucho. Puaj.
Y lo peor de todo (viene algo peor, afírmense) fue que, por estar sentados en un lugar tan top, tan famoso que a cada rato sale en televisión….lo peor de todo, les decía, es que la weá de paila era CARÍSIMA por las rechucha!!!!.
Eso fue un asalto a mano armada, y sin piedad.
Repito, y confirmo: es la peor paila marina que he comido en mi vida.
Ahora agranden la pantallita de la historia que les estaba contando antes, y pónganle sonido, porque vuelvo a contarles.
Bueno, ese día (el día que fui con mis viejos a comer paila marina) seguí pendiente del mesero cariñoso. El loco tiraba la talla pa todas partes, hasta que llegó a la mesa de nosotros, y mi viejo le pidió una botella de vino blanco.
- Tengo puro Santa Carolina- dijo el mesero.
- ¿Y cuántas estrellas tiene? - preguntó mi padre.
- No sé, tendría que contárselas- respondió el loco, y nos cagamos de la risa todos.
Puta el weón chistoso, y agarró papa con nosotros porque cuando ya habíamos terminado de almorzar, se puso a chacharear a full con mis viejos, y conmigo por supuesto.
Mientras nos agarrábamos la wata de risa el compadre nos contó que él era un loco terrible de humilde. Tan humilde que en el colegio sus compañeros de curso poco menos que creían que él iba a terminar viviendo debajo de un puente.
Contó que un día se juntó con ellos, después de muchos años, y que casi no lo recocieron hasta que dijo que él era “El Carlos, ….el que vivía en la quebrá”. Y sus compañeros quedaron pa entro de verlo tan top, vestido como pa salir a bailar a cualquier salsoteca del mundo.
En ese estilo el compadre.
Bueno, Carlos también nos contó de un tratamiento dental que se estaba haciendo con un dentista que vive en el mismo edificio onde él vive. “Más que un dentista, es mi amigo”, dijo. Y siguió: “Yo lo weveo caleta porque me hace ir a la consulta y me saca la muela, me mete una muela provisoria, y después me saca la muela provisoria, y me la vuelve a poner, y ya me tiene loco el weón de tanto que me la mete y me la saca”.
“Déjame la weá puesta alguna vez po le dije en la consulta”, remató.
Wajajajaja, mis papás estaban cagaos de la risa con el mesero mientras el loco, pa contarnos cualquier cosa, nos agarraba de todos lados. A mi viejo, por ejemplo, le pegaba unos toques con el brazo, como aleteando mientras le hablaba a mi vieja.
Era pa cagarse de la risa.
A mi también me agarraba, de los hombros por ejemplo, y nos cagábamos de la risa. Con la boca abierta como si estuviéramos en la consulta del dentista amigo de él.
Así: WUAJAJAJAJAJAJAJAJ con todo el hocico abierto. Yo le veía las muelas por ejemplo, pero no recuerdo si tenía tapaduras.
El loco embaló tanto con el sistema, que se empezaron a ir todos los clientes del restorán y quedamos nosotros solos.
No sé cómo, ni por qué, pero después empezó a contarnos sobre los papás de él. Y nos dijo que cuando él era cabro chico, lo obligaban, todos los sábados en la mañana, a tomar clases de…baile!!.
Si, así tal cual: clases obligatorias de baile.
Los papás de este compadre lo obligaron a aprender a bailar tango, salsa, twist, cumbia, cueca, y lo que fuera. Generalmente los papás lo obligan a uno a tomar clases de matemáticas o de historia, pero ellos no. A Carlos, sus papás lo obligaron a bailar.
Y a pesar de que, al principio, ninguno de sus hermanos entendía ná, nos dijo que es el regalo más hermoso que sus padres le podían haber dejado, y que él, a fiesta que va, se pone a bailar como pirinola.
Y aquí el loco, que había estado meta tallas, hizo un cambio cinematográfico y nos contó que hace unos meses su madre había muerto en sus brazos. La señora estuvo re mal y “lo esperó” a que apareciera él pa morirse mientras él la sostenía.
Nos contó eso, y al compadre se le llenaron los ojos de lágrimas y, la verdad, es que a nosotros también.
Y ahí estábamos: casi llorando en una mesa del segundo piso de una marisquería famosa en Valparaíso. Mi vieja se emocionó caleta. Snif. Y eso que ella no tomó ná de vino.
Yo sí tomé, y estaba como cuando fui a ver La Vida es Bella: no quería llorar, pero casi.
Carlos tenía los ojos como de pescao. Grandes y brillosos.
Eso sería todo, pagamos la cuenta, y mientras bajaba la escalita el mesero me dijo “voh tení que llamarme cuando vengai a Valpo pa tomarnos un copete po”, y me anotó sus números de teléfono en un papel que todavía tengo guardado.
Fue cuático todo.
Un día de contrastes como dirían en la tele.
Pasé de la culpa a la alegría.
De la risa a la pena-casi-llanto.
Pasé de ser uno de los que miraban cómo el mesero se besuqueaba, y abrazaba, con los clientes, a ser “uno más” de ellos.
Y del día a la noche porque cuando salimos del restorán con mis papás ya estaba oscureciendo.
Es mi propio ying y yang, pero en chileno. Yo lo bauticé como “el bú y el já” o el Já y el bú”.
Como sea.
Ese día con mis viejos salimos del restorán cuando Valpo se estaba poniendo de color azul, felices de la vida, y yo pensando en que lo adoquines de la calle se ven bien a eso de las siete de la tarde porque les llega un brillo re groso. Parecen panes batidos, pensé. Y sobre ese concepto nos fuimos caminando con mis viejos: sobre una calle llena de panes batidos azules.
Si aparecen las letritas de fin de la peli me avisan.
Plink!
martes 5 de junio de 2007
¿Dónde está el piloto?

Estoy durmiendo y por la nubecita que se arma cuando uno sueña pasa un avioncito.
Ñeeeeeeeeeee…. Y se va.
Se vaaaaaa. Y arriba del aparato van mis papás (chiquititos ellos) agitando unas banderas y diciéndome: “despierta weón, despierta!!!!.
En volá de sueño.
El jueves 31 de mayo fui al primer campeonato de estriptís, organizado por The Clinic. Había escrito caleta de eso, pero hago el resumen: ganó un loco que tenía menos ritmo que una gotera. Pero bien, porque manejaba el concepto del antiempelotamiento. En realidad daba lo mismo que estuviera en un escenario, o en su casa.
Bueno, a mi -la verdad- me da lo mismo que esté en cualquier parte. Verlo con el calzoncillos a media raja no lo encontré muy sexy que digamos.
En segundo lugar salió una mina con un cuerazo de miedo. No sé cómo explicar esto, pero es un lo-ma-zo por todos lados: de frente, de perfil, de costado, de arriba, de abajo…uhhh cosita.
Lo siento, pero es que me emocioné con la mina.
Y bueno, estuve rodeado de famosos, famosillos, actores, cecucés y hasta cientistas políticos.
En una entré al baño y estaba Álvaro Díaz, fundador de 31 minutos.
O sea…en ese momento caché que estaba adentro de la tele, pero en mala.
Bueno, ese día –jueves- el carrete terminó camino a mi pega (me pegué el medio salto a todo esto).
Dormí muy poco, si es que se puede llamar dormir a: abrir los ojos, cerrarlos, abrirlos, suceden cosas así por ser, y cerrarlos de nuevo.
Caminando hacia mi trabajo pensaba en que el frío hace bien para despertar.
También pensaba en cómo cresta iba a estar el resto del día despierto (en mi pega colocan aire calientiiiiito, todo el rato. Eso me dio miedo).
El asunto es que el viernes hubo algo parecido al concepto del jueves: vino tinto, pizza, gente que aparece y desaparece. Y yo llegando a mi casa a las 6 de la mañana.
Ese día tocaron Yeti y Zaturno (ex Tiro de Gracia), en el Galpón 7.
Cuando escucho a Yeti pienso en una peli de acción, pero de acción mental. Con el protagonista sentado, y pensando en la acción.
Algo así como Yeinbónz tomándose un wiscacho, y viendo pasar todo frente a él.
A eso me suena Yeti, y quería decirlo porque los locos son pawer.
Zaturno estuvo japi.
Es como una terapia escuchar a esos locos jijó. Onda positivismo con cuática. De hecho el loco pasó varias veces por mi lado y como que nos íbamos a saludar, pero no. Después pasó de nuevo: y sí, pero no.
El compadre es chiquito, y usa ropa súper ancha, como que adentro caben 2 personas fácil.
De la pura wena onda que tiene caben dos personas.
Y sigo.
Ese día llegaban mis padres de Europa, hablo de la madrugada del sábado, y este pechito tenía que ir a buscarlos en auto al aeropuerto, pa llevarlos de vuelta a Valparaíso.
Horas antes, muchas horas antes, estaba con Matías hablando de todos los carretes a los que uno les haría un “controlzeta”, pero al toque. Esos carretes y borracheras de los que uno se arrepiente al otro día, y al otro día, y al otro día, y así.
Bueno, yo me arrepiento del carrete del viernes por ejemplo.
Pero más me arrepiento de haber pensado que uno puede dormir cinco minutos. Cinco minutos que se transformaron en cinco horas!!!
Cuando desperté eran las 11.40 hrs…HORROR POR LAS REXUXA!!! Mi celular descargado, yo con ropa.
Pum-pá, en 2 segundos y medio estaba arriba del auto y manejando al aeropuerto.
Rogaba que el avioncito se hubiera atrasado, mientras me imaginaba a mis papás sentados arriba de las maletas, y esperándome.
También me imaginaba a mi papá, colorao como tomate de puro caliente conmigo.
Como pa estrangularme.
Iba en eso, y me llama mi hermano: “saaale weón, si los papás ya se fueron a Valparaíso en bus” me dice. Y yo me deprimí.
Snif.
Me convertí en un autito de juguete andando por la carretera. Pa hacer más triste la escena decidí ir a tomarme un café y... un-dó-tré: “sentarme en la plaza a fumarme un porrito, y miraaaaaar a las palomas comer, del pan que la gente les tira…chalaláchalalá” (este tema es de Calamaro a todo esto).
Me fui en volá triste, y me metí a la comuna de “Maipunk”.
Y me perdí.
¿Mira que lindo?
Vi un montón de lugares pa arreglar cosas, fierros, autos, pero ninguna cafetería.
Y llegué a Lo Prado porque en un cartel decía: Lo Prado.
Si no sé salir de Maipú , menos posibilidades tengo de salir de Lo Prado, pensé.
Así que seguí a una fila de autitos porque -según yo- donde hay más autos está la salida. Y los seguí.
Pin-pin-pan, ya me había transformado en un autito de dos centímetros.
La culpa es como las pastillas de chiquitolina que se tomaba el Chapulín Colorado. Te hace pequeño. Muy pequeño.
Pasamos por muchos lomos de toro, casi bailando arriba del auto. Un camino de tierra y chazám!!! Aparecí en avenida, o calle, Pajaritos que conecta con el centro de Santiago.
Yupi!!.
De ahí rajé por la carretera pa buscar un teléfono público, y llamar a mis viejos.
Mi madre debe estar furia pensé, pero mi papá si que es caliente. Ese loco me debe querer tirar a la hoguera, aunque en realidad, yo también me hubiera tirado a la hoguera.
La cosa es que manejé y manejé, y manejé hasta que encontré un teléfono público y llamé a mi vieja.
Aló, mamá?…esteeeem.
¿Les he contado que cuando chico veía Hulk, y en la mejor de las partes aparecía un texto que decía: ESTA HISTORIA CONNNNTINUARÁ, les he contado esto?.
Bueno, acá va mi homenaje a una de las mejores series de televisión que he visto en mi vida: HULK.
Voy a seguir escribiendo y vuelvo.
Peeermiso.
viernes 25 de mayo de 2007
The planch

Los que me conocen, saben que uso camisas a cuadros.
Los que me conocen bien, saben desde cuándo uso camisas a cuadros.
Y los que me conocen mejor, saben por qué xuxa uso camisas a cuadros.
Esto me salió como el pergamino ese que venden en las ferias de artesanía…”hay hombres que luchan un día y son buenos, hay otros que luchan muchos días y blablablá”.
Emocionante la weá.
Un día le regalé ese pergamino a un amigo (pa su cumple), y el loco hoy es suboficial de la Armada de Chile. Y too el estilo.
Parece que no le anduve achuntando mucho con el regalo.
Oye!!.
La cosa es más o menos así.
El otro día estaba planchando mi camisa a cuadros con un artefacto que además de planchar, moja.
Sip: una plancha que moja.
A veces he estado planchando y abajo -en el suelo- se arma una pocita de agua. Snif.
Mis camisas terminan como si las hubiera metido al agua, pero yo sigo creyendo que es pa planchar la weá.
Así que primero mojo la camisa, y después tengo que plancharla.
Uy, qué triste es mi vida.
La cosa es que el otro día estaba planchando mi camisa a cuadros y las rayas se empezaron a doblar. Wuá.
Eran las “socho” de la mañana, yo tenía que ir a la pega, y la camisa: toooooooooinnnnnnnnkkk, se le estaban doblando las rayas.
Se derretían como si yo estuviera escuchando “El lado oscuro de la luna” de Pink Floyd.
Onda sicodelia, pero en mala.
Quedé plop, con la media propuesta conceptual que se estaba mandando la planchada.
Claro, al final caché que el agua que botaba el aparato hacía que se armaran estos “dibujos” arriba de los cuadros. Uff, salvao.
Onda “veo gente…”. Toooodo el rato (y humito saliendo por la boca).
Susto.
Y eso.
Voy a hacer algo que a una amiga le da mucha risa.
Acá va: el año 1992 pelé el cable con la pintura. Empecé a leer a puros pintores porque creía que esos locos la llevaban (lo peor es que sigo creyendo eso). Y me pegué leyendo sobre Piet Mondrian. Movimiento De Stijl y toa la onda.
Viejo loco que nació en 1872 y se mandó el manso concepto con la ortogonalidad.
Yo vi la luz, y dije –el año 1992 repito- “voy a usar sólo camisas a cuadros desde ahora en adelante”, y que jue.
Y empecé a ver toda la vida con una rayas muy cuáticas. Estaba en el “plan” de Valpo por ejemplo y te juro que veía la weá como con mil millones de fierros por todos lados.
O sea, ¿cómo no voy a rendirle un pequeño homenaje a Piet Mondrian?.
Si el loco cachó el concepto el año de la pera. Igual he empezado a usar camisas de colores lisos y esos días son como “la traición con cuática”. Pero filo, Piet entenderá.
Los pintores la llevan.
Si algún día llego a ser uno de ellos me pego un tiro, y me largo de este país.
O mundo.
Ni sé.
miércoles 16 de mayo de 2007
Viv la Franz!!!

Mi hermano es el único hermano que tengo. Una vez le coloqué en un caset que le regalé: “para el mejor hermano que he tenido”. Una talla muy fome pa decirle que lo quería.
Él (mi hermano) es menor que yo, pero se ve mayor. Y cada vez lo siento más como mi verdadero hermano mayor. Rara la weá porque se supone que yo debiera darle consejos y wá. Pero estamos al revés.
Mi compadre está estable en la vida, es profe en la universidad, responsable como él solo, y yo soy el que anda caminando patrás como Maiquel Yácson.
Bien por mi hermano, que en una época le dio por creerse "breikdancer" (se hacía el paso de la cuncuna que te lo encargo).
Bueno, la cosa es que el otro día una amiga (la Beattori, pa que la lean) me dijo: “me gustaron los Berurier Noir”.
¿Y quiénes son ellos?.
Respuesta corta: son un grupo punk francés.
Respuesta larga: Mi hermano un día se fue a Francia, y me trajo ese disco de regalo. Antes de que se fuera le encargué un disco de Francis Cabrel (ese loco que canta “La quiero a morir”, un tema pa cortarse las venas) y le dije -además- que me trajera algo de punk francés.
Oscar (así se llama mi hermano a todo esto). “Oscar -le dije- tráeme una weá extraña desde allá”.
Y apareció con ese disco.
Esas fueron las respuestas corta y larga.
Pero ahora les presento la respuesta nostálgica.
Acá va:
Ese día que mi hermano se fue a Francia, a mi se me revolvió la wata. Eso me pasó cuando vi el avión salir volando, con mi hermano arriba por supuesto. Bueno, no se veía ónde estaba mi hermano porque el avión era del porte de una cucharita de té, y los pasajeros deben haber estado del tamaño de una uña por ejemplo.
Una uña del dedo chico, pero del dedo chico de una guagua recién nacida.
Así se veía el avioncito: chiquitito, y a mi me dolió la wata de saber que el Oscar iba arriba y que la weá se podía caer.
Xuxa!.
No les he contado, pero yo le tengo más miedo que la cresta a los aviones. Si viajara en uno dejaría todo listo y ordenado en mi depto, pa que en caso de morir sepan qué hacer. Lo primero es que en mi funeral pongan música a todo chancho, y lo segundo es que las cuentas bancarias deben hacerlas zumbar. Descargar toda la plata, hasta la plata de la línea de crédito. Tó pa entro no más. Mi vieja es re dura con eso y le da julepe, pero yo le insisto en que DEBE dejar mi cuenta seca.
Yapo. Mi hermano se fue a Francia y cuando estaba allá nos mandó un link de una cámara que hay en la calle y que apuntaba a una plaza. Una plaza de la ciudad onde él estaba y que no recuerdo cómo se llamaba. Entonces nosotros (mis papás y yo) nos conectábamos al link, o sea, a la camarita, y veíamos a mi hermano moverse, o parado en una esquina por ejemplo.
Era muy chistoso todo, y mi mamá se emocionaba como si hubiéramos descubierto el fuego.
La imagen se ve-í-a-a-sí cor-ta-da-y-a-mi-her-ma-no-tam-bi-én-lo-ve-ía-mo-a-sí.
Luego lo veíamos caminar a un teléfono que había ahí y páf, nos llamaba a Chile, pero desde Francia obviamente. Y nos preguntaba si lo habíamos visto y wá.
Lindo ese momento y mis viejos no podían creer el concepto.
Yo me conectaba, a veces, sin que el Oscar me dijera que iba a estar en la placita, y no veía nada más que a puros desconocidos darse vueltas por ahí.
Pero igual poh.
Luego mi hermano volvió a Chile y yo me conecté un par de veces más a la cámara de la plaza. Como de pegao no má que soy.
El día que mi hermano volvió a Chile lo fuimos a buscar al aeropuerto.
Estábamos re felices me acuerdo. De mis papás hablo.
Todos japi.
Si pudiera dibujar ese momento sería así: mi papá, mi mamá, mi hermano y yo con una sonrisa más grande que el avión que tomó el Oscar pa irse a Francia. Como del porte de un cucharón de cocina por ejemplo. La sonrisa.
Ah, y abrazados como si estuviéramos despidiéndonos, pero no poh. Estábamos sentados en ese restorán del aeropuerto que yo encuentro lo máximo.
Esa es la imagen.
Y luego mi hermano nos empieza a dar los regalos (mi hermano trajo regalos a todo esto).
Trajo comida francesa, por ejemplo, en unos tarros grandes en conserva. Una cazuela de faisán y unos porotos raros, ponte tú. A mi me trajo revistas de rock, el disco de Francis Cabrel y a los “Berurier Noir” que son los punketas franceses esos, y que se visten de payaso y hacen recitales en una carpa de circo. Eso le dijeron a mi hermano cuando los compró y pensó que eran ideal pa mi.
Y tenía razón.
Siempre recuerdo ese día (el día en que llegó a Chile) como uno de los momentos más felices de la vida de nosotros. Fue un momento piolísimo.
Quizás le pongo color pero así lo veo yo.
Ni cuando estábamos en navidad abriendo los regalos del viejo pascuero estábamos tan japi.
De todo esto me acordé cuando la Beattori me dijo que le gustaban los Berurier Noir.
También me acordé que nunca le he dicho a mi “hermano-chico-pero-grande” cuánto lo quiero. Y cuánto extraño verlo parado en esa plaza francesa con su mochila al hombro y esperando que nosotros nos conectemos a la camarita.
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